Cuentos Pascua Resurrección

24 | 03 | 2021
Cuentos Pascua Resurrección

Érase una vez un rey sabio que, al morir, entró en el Reino de los Cielos. Cuando los ángeles condujeron su alma ante el trono de Dios, Dios dijo: ¨Mi rey, puesto que has conducido con bondad y lealtad a tu pueblo en la Tierra, entrarás a la bienaventuranza eterna. Di qué deseas y concederé tu deseo. ¨ El sabio rey, cuya alma se encontraba ante Dios, respondió: ¨Señor y Dios, ten piedad de mí, débil mortal. Nadie es bueno sino Dios mismo. Siento profundamente cuán poco he podido hacer por el progreso y libertad de los hombres. Si de alguna manera te complace, mi Dios, envíame de nuevo a la Tierra para que así pueda aprender a cumplir mejor mi tarea. Pero concédeme una cosa de la abundancia de tu poder; concédeme el don de adoptar cualquier forma que me proponga. ¨ Entonces, dijo Dios: ¨Ve, pues, en paz. ¨

Cuando el rey sabio bajó de nuevo a la Tierra, tomó la forma de una liebre y como tal vivía en el bosque. A un costado de este bosque estaban las montañas, al otro, había un río y en el tercero se hallaba una aldea fronteriza. El rey sabio vivía, pues, en el bosque y ahí tenía tres amigos. Eran tan sabios como él y también habían recibido de Dios el don de encubrirse bajo una forma discreta. Así, uno había tomado la forma de un mono; el segundo, la de un chacal y el tercero, la de una nutria. Sin embargo, nunca se mostraban a los demás en su forma humana, y por tanto nadie en todo el país sabía qué prodigiosos seres humanos ocultaban aquellas formas de animales.

Durante el día, iba cada uno a buscar alimento en su ámbito particular; el mono se iba a los árboles del bosque, el chacal, a las praderas y la nutria, al agua. Una vez cumplida su jornada, habrían de reunirse, ocultos, y sólo entonces adoptaban su verdadera forma. Al atardecer, la liebre los instruía, contándoles maravillosas historias sobre su propia vida; de sus conversaciones con Dios y con los ángeles, y de su anterior deambular por la Tierra. Les decía: ¨Al hombre pobre que os pida limosna, habéis de conceder su petición desde la plenitud de vuestro conocimiento. Habréis de guardar los mandamientos de Dios y soportar pacientemente vuestra renunciación y vuestro ayuno. ¨ Tomando estas exhortaciones muy a pecho, cada uno se encaminaba entonces a la madriguera en la que tenía su vivienda, y allí permanecía.

Así pasó el tiempo. Un día en que el sabio rey bajo la forma de una liebre saltaba a través de la pradera, miró hacia arriba y vio la luna. Y porque vio que la luna casi se había consumido en su recorrido por el cielo, y que todo lo que quedaba de ella era una hoz dorada muy fina, en cuya concavidad el pan celestial estaba dispuesto como un círculo oscuro de borde plateado, supo que había llegado el momento de ayunar. Así es que vio pues preparado el pan celestial y supo que sólo absteniéndose de todo alimento terreno podía hacerse digno de recibirlo. Por lo que la sabia liebre dijo a sus tres amigos: ¨Mañana es el día en que ha de comerse el pan celestial. Es un día de ayuno y nadie habrá de tomar alimento terrenal. Vosotros tres tendréis que guardar el ayuno recordando nuestra enseñanza, pues habéis prometido solemnemente guardar los mandamientos de Dios. Quienquiera siga los divinos designios del amor, recibirá la recompensa celestial. Si un mendigo os aproxima, dadle de vuestro alimento, pero vosotros mismos habréis de esperar hasta después para tomar alimento terrenal. ¨ Ellos manifestaron estar dispuestos a seguir esta regla y cada uno permaneció en su hogar.

Temprano a la mañana siguiente, salió el hombre sabio que tenía la forma de una nutria. Como de costumbre, acudió al lugar donde solía buscar su alimento, a las orillas del gran río. Ahí un pescador acababa de pescar siete peces escarlata, amarrarlos con una cuerda y cubrirlos con arena en la orilla; se fue entonces pescando río abajo, tropezó y cayó al agua. La nutria olfateó los pescados, apartó la arena, los descubrió y recogió. Llamó entonces tres veces en voz alta: ¨ ¿Son de alguien estos pescados? ¨ Al no aparecer ningún dueño, la nutria tomó el lazo entre sus dientes y se llevó a casa los pescados. ¨Sólo cuando sea el momento de probar alimento terrenal, comeré de ellos, ¨ pensó. Después, se tendió a cavilar sobre las enseñanzas de la sabia liebre.

También el chacal salió en busca de alimento. En la cabaña de un guardabosque vio dos asadores con carne, una ardilla y un tiesto con leche. Tres veces gritó en voz alta: ¨ ¿Pertenece esto a alguien? ¨ y al no ver a dueño alguno, puso la cuerda del tiesto alrededor de su cuello, tomó el asador y la ardilla en el hocico y los acarreó hacia el arbusto donde tenía su hogar. Ahí los depositó en el suelo y se tendió, mientras pensaba: ¨Sólo cuando sea tiempo de probar alimento terrenal, he de comerlos. ¨ Y entonces caviló sobre las enseñanzas de la sabia liebre.

El mono también penetró en el bosque y tomó de un árbol un montón de mangos y los acarreó a su hogar en los arbustos. ¨Sólo cuando sea tiempo de probar alimento terrenal, comeré de ellos, ¨ pensó, y se tendió mientras cavilaba sobre las enseñanzas de la sabia liebre.

La sabia liebre, sin embargo, no salió. Después de haber pasado el día en profunda meditación, se tendió, considerando este pensamiento: ¨Sólo cuando sea de nuevo tiempo de probar alimento, saldré a comer un poco de pasto. Por cierto, que, si los mendigos vinieran a mí, no tendré nada que ofrecerles. El alimento que yo tomo no puedo ofrecerlos a los mendigos, pues a ellos no les sirve de nada el pasto con que me alimento, y no tengo arroz ni otras cosas que ellos comerían con gusto. ¨ Pero cuando se puso triste porque no podría ofrecer ningún alimento a un mendigo, se consoló con el pensamiento: ¨Si un mendigo viene a mí, le daré la carne de mi propio cuerpo por alimento¨ . Así reconfortada, la sabia liebre se durmió. Pero no durmió como otras criaturas, que cierran los ojos cuando sus párpados empiezan a pesarles. Su resolución de sacrificarse si fuese necesario, tuvo el efecto de permitirle dormir con videntes ojos abiertos. Y así fue que en el sueño vio el trono de Dios. Vio a Dios sentado arriba en el Cielo. Y el trono de Dios estaba en el oscuro círculo de la luna. Mas ahora podía mirar a través de la luna, y vio el lado oculto, el que a nosotros los seres humanos nunca nos es dado ver. Vio ahí a Dios sentado sobre una blanca piedra, puesto que la otra cara de la luna estaba claramente iluminada y brillaba como una piedra blanca, como blanca lana. Entonces la sabia liebre vio que el trono de Dios y los sitiales de los ángeles se habían vuelto cálidos por el poder de su sacrificio de amor. La luna, que de otro modo es fría como el hielo, se volvió cálida. Cuando Dios reparó en esto, se regocijó por causa de la liebre y decidió poner a prueba al rey-liebre. Bajó desde el Cielo a la Tierra y tomando la figura de un hombre pobre, se dirigió primero al lugar donde moraba la nutria. ¨ Hombre pobre,¨ dijo la nutria, ¨ ¿por qué estás ahí? ¨Sabio, dijo el hombre pobre, ¨dame un poco de comer. Si pudiese tomar sólo un poco de tus provisiones, tendría la fuerza suficiente para resistir el ayuno y para vivir ayunando como Dios lo ha mandado. ¨¨Bien¨ dijo la nutria, ¨te alimentaré¨

Y éstos fueron el discurso y la réplica entre la nutria y el pobre hombre

Discurso: Siete peces escarlata tengo,

traídos a tierra desde el río;

toma y prueba ya, mi amigo,

come, y pasa la noche en el bosque.

Réplica: Guárdalos hasta mañana temprano

-dijo el hombre pobre de gentil talante-,

la recompensa divina nunca te faltará.

No bien hubo pronunciado estas palabras, desapareció. Prosiguió Dios por el bosque, bajo la apariencia de un hombre pobre, y llegó donde el chacal.

El chacal le preguntó también: ¨ Hombre pobre, ¿qué haces ahí? ¨ Y el hombre pobre respondió: ¨Dame algo de comer. Si pudiese tomar sólo un poco de tus provisiones, tendría la fuerza suficiente para resistir el ayuno y para vivir ayunando como Dios lo ha mandado. ¨ ¨Bien, ¨ dijo el chacal, ¨te alimentaré. ¨

Y éstos fueron el discurso y la réplica entre el chacal y el hombre pobre:

Discurso: Ardilla, leche y carne al asador

alimento del guardián con astucia sustraído;

esto te brindo para tu cena.

Tú, mendicante, enviado por Dios,

fortalécete en el salón del Cielo,

come y quédate en el valle boscoso.

Réplica: Guárdalos hasta mañana temprano

-dijo el hombre pobre de gentil talante-,

la recompensa divina nunca te faltará.

No bien hubo pronunciado estas palabras, el hombre pobre desapareció. Prosiguió Dios por el bosque, bajo la apariencia de un hombre pobre y llegó donde el mono.

El mono le preguntó también: “Hombre pobre, ¿qué haces ahí? ¨

Y el hombre pobre respondió: ¨Dame algo de comer. Si pudiese tomar sólo un poco de tus provisiones, tendría la fuerza suficiente para resistir el ayuno y para vivir ayunando como Dios lo ha mandado.“

¨Bien, ¨ dijo el mono, ¨te alimentaré. ¨

Y éstos fueron el discurso y la réplica entre el mono y el hombre pobre:

Discurso: He aquí fruta madura y agua,

sombreado reposo en bellas laderas.

Esto te ofrezco, mendicante;

Come, y pasa la noche en el bosque.

Réplica: Guárdalos hasta mañana temprano

–dijo el hombre pobre de gentil talante-,

la recompensa divina nunca te faltará.

No bien hubo pronunciado estas palabras, desapareció. Prosiguió Dios bajo la apariencia de un hombre que pide dones espirituales, hasta que llegó donde la sabia liebre.

Cuando la liebre lo vio, le dijo: ¨Querido hombre pobre. ¿qué haces ahí? ¨

¨Dame,¨ dijo el suplicante, ¨sólo un poco de la comida que te sustenta, y así pueda confortarme por tu poder, para persistir en el ayuno de manera que fortalecerse pueda lo que en el mundo es divino.¨

Entonces habló la sabia liebre: ¨Tú, hombre de Dios, tú haces bien en querer, pues, fortalecer tu cuerpo conmigo. Mira, voy a darte un regalo tal como nunca antes lo haya dado. Según tu propio mandamiento, no habrás pues de destruir la vida de aquello por medio de lo cual te nutres y vives. Anda, querido hombre, y busca leña; prende un fuego de carbones y avísame cuando esté listo. Voy a sacrificar a ti mi envoltura corporal y a saltar en medio de las brasas. Y cuando las llamas hayan asado mi carne, tú comerás de ella, nutriéndote de la obediencia a la voluntad divina. ¨

Y así hablando, dijo la sabia liebre:

Mira, soy provisión para el camino.

No busques nutrición terrenal,

llévame contigo en tu caminar.

Incorporándome en ti,

glorifico yo el nuevo hombre

sobre la piedra blanca. Amén.

Cuando Dios escuchó estas palabras, hizo un fuego de carbones con su poder sobrenatural y llamó al rey de la sabiduría, que estaba sentado ante él en actitud humilde y modesta, bajo la apariencia de una liebre. Se levantó la liebre entonces de su lecho de pasto y hierbas y se dirigió a las brasas. ¨Si en mi piel quizás hubiese pequeños animales, ¨ dijo compasivo, ¨no deben morir. ¨ Y así es que se sacudió tres veces. Después ofreció su cuerpo en sacrificio. Saltó y se precipitó como cisne dorado en una flor de loto, con ánimo sereno, en las ardientes brasas. Pero, ¡oh milagro! El mismo que había calentado la helada luna y el trono de Dios y de los ángeles, enfriaba ahora el fuego. El fuego no pudo calentar ni siquiera las puntas de los pelos del sabio rey bajo la humilde forma de una liebre. Fue como si hubiera saltado a la nieve. Entonces la liebre se volvió hacia el divino caminante, y dijo: ¨Querido amigo, el fuego que has encendido está más que frío. Ni siquiera puede calentar una punta de la piel de mi cuerpo. ¿Qué significa esto? ¨

¨Sabio Rey, respondió el divino peregrino en la Tierra, ¨me has reconocido. Soy aquél que te condujo a la prueba del fuego, y tú la has superado. ¨ Entonces el sabio rey, que se hallaba ahí como una humilde liebre, habló fuerte como en un rugido de león: ¨ ¡Oh!, tú, santo peregrino en la Tierra, aun si el universo entero me pusiera a prueba, mi buena voluntad no se extinguirá, puesto que fluye en el amor. ¨

Después de estas palabras, lanzó un rugido de león.

¨Sabio Rey, dijo el divino peregrino en la Tierra, ¨tu poder de hacer el bien será conocido por un Eón entero. ¨ Diciendo esto tomó la estructura rocosa de la Tierra y, con el hilo de roca caliente que se había fundido en su divino amor, dibujó la imagen de la liebre en el disco de la luna. Entonces dijo adiós a la forma terrenal del rey sabio traspasado de amor; lo acostó suavemente en su lecho ahí en lo profundo del profundo bosque, y se elevó a las alturas de su asiento divino que se iba tornando en luz. Los cuatro sabios aún viven juntos hoy, llenando las necesidades de desarrollo de la Humanidad; leyendo en las estrellas los signos de los tiempos, y han de vivir eternamente en la bienaventuranza divina. –

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